Wednesday, January 16, 2008

La televisión llegó a mi casa




Después de saltar se me ocurrió:
la vida es perfecta
la vida es lo mejor.
Está llena de magia, belleza,
oportunidades
y televisión.
Tom Tom (Million Dollar Hotel)

La televisión llegó a mi casa de las manos de Irene. Llevaba dos meses amenazando con que la llevaría: tenía una vieja en su casa, cuando alguien le diera la cola podría traerla. Luego era un tío que trabajaba arreglando artefactos eléctricos y a veces los clientes dejaban olvidadas sus cosas. Yo ya no esperaba nada, dos meses sin televisor y no me había hecho falta. Me dolió fue la cuenta del internet: me cobraban además por los 20 canales que incluía el cable; canales que no había visto una sola vez.
Los tres primeros días de tele en casa se la dejé a ella. La mantenía ocupada en la sala mientras yo usaba la cocina, la bañera y el internet sin preocuparme por si Irene los querría usar en ese momento. Hasta le hice una arepa para que la comiera viendo sus novelas. Eso sí oí: no estaba viendo los otros 19 canales, veía la tv portuguesa. El televisor es de los años 70, no tiene control remoto y creo que no consigue agarrar todos los canales. Tiene los nacionales, people and arts, history channel, discovery, national geographic y un fox, algo como fox family o no sé qué. El jueves que Irene salió, como todos los jueves que se va a su pueblo para regresar el domingo, me senté por fin a ver la televisión después de más de dos meses. Encendí aleatoriamente y escuché a una mujer diciendo que el domingo 16 António Lobo Antunes estaría en El Corte Inglés de Gaia, es decir a 20 minutos en metro de mi casa. La crónica que leí ayer, en ese viaje de 20 minutos hacia Lobo Antunes(o hacia el Corte Inglés) dice que la casualidad es el pseudónimo con que Dios firma. Anoté en letras grandes DOMINGO 16 LOBO ANTUNES 4PM. Y cambié de canal. Vi Extreme Makeover. Un hombre lloraba cada vez que pensaba que su mujer podría decir que tenía un esposo buen mozo. Una bibliotecaria lloraba al pensar que después de todas esas cirugías podría ver a los clientes sin pensar que ellos estarían viéndole sus feos cachetes. Y yo lloraba ya ni sé por qué, por ellos, por lo banal y doloroso al mismo tiempo de todo eso, porque estoy muy sensible y hasta eso me hace llorar. Luego un masajista sin dientes y con el corte de pelo más feo del mundo me hizo reír mucho. Su transformación fue la más radical y consistió sólo en cortarle el pelo y ponerle dientes. Creo que era un actor, no imagino a nadie entrando a una sala de masajes con un tipo que parece un australopitecus mendigo."Ahora conseguiré una chica" decía el nuevo buen mozo que no se había percatado que el peinado a lo René Higuita con pollina ochentosa no le favorecía.

El día siguiente, el viernes, le dije a Fernando (mi amigo portugués de la facultad) lo de Lobo Antunes. Le pareció un buen plan, llevaríamos nuestros libros para que nos los firmara. Él llevaría alguno de crónicas porque es lo que prefiere de la literatura de Lobo Antunes, yo llevaría uno de crónicas porque fue el único que me traje.

Comencé entonces a contar el tiempo para eso; mi estadía en Portugal tenía una nueva ventaja: estar aquí y no en cualquier otro lugar del mundo me permitiría ver a uno de mis escritores favoritos.
Le llevaría algo: algún libro venezolano que traje.
El poemario de Eugenio Montejo.
Quizá así me pregunte algo y pueda hasta conversar con él.
Quizá llega a ser tan amable que le puedo contar cómo fue que lo leí:
gracias a un taller de crónica y una clase de literatura portuguesa.
Decirle lo que me gustó de la novela que leí,
mis crónicas preferidas: aquella que habla de los girasoles.
Le podría llevar un girsaol,
pintar un girasol,
buscar una calcomanía de girasol.
Podría incluso y en último caso, si la amabilidad me lo permitiera, comentarle del Instituto Portugues de Cultura en Venezuela y la posibilidad de invitarlo.
Pero quizá y como todos dicen, resulta ser un tipo antipatiquísimo, amargado, y no me lleve una buena impresión si no todo lo contrario, no le dé nada y termine detestando sus novelas y crónicas como el señor Morais las detestaba; con un sentimiento mas subjetivo que objetivo, pensando en lo quejón y antipático que era el autor más que en sus palabras.
Podría tomarle una foto, quizá, tomarme una foto con él.

El domingo me tocó trabajar en la mañana. Salí de casa un poco tarde porque me quedé dormida. Llegué al trabajo y me di cuenta que no llevaba conmigo ni mi celular ni la cámara. Sólo el almuerzo, el libro de Crónicas de Lobo Antunes (el segundo), el libro de Poemas Selectos de Eugenio Montejo (que le regalaría) y los de literatura brasilera para adelantar mi trabajo final. Arreglé la tienda y ayudé a mi prima a limpiar el saloncito. Barrí, aspiré, limpié los baños. Le mandé un mail a Fernando diciéndole que ahi estaría a las 4, que no dejara de ir y que si quería me llamara a la tienda, que había olvidado el celular. Después le pregunté a mi prima si no tenía una cámara, pues yo la había dejado. Me dijo que pasara por la casa, que me dejaba salir un poco antes, y eso hice. Me fui al metro, de ahi 20 minutos a mi casa (con botas que duelen en los deditos meñiques, pero que son calientes para un día donde la temperatura no sube de 5 grados) y ahi busqué la cámara, el celular y comí algo. Me llamó Fernando y me dijo que no iría: una amiga había llegado de emergencia a su casa a solicitarle ayuda psicológica. Me pidió que lo perdonara, que ojala estuviera preparada para perdonarle eso. Y claro que lo perdonaba, él pensó que yo iba a dejar de ir por no tener compañía. Salí de casa con un margen de expectativas más grande: si fuese tan pero tan amable podría tomarle incluso una Polaroid. Me quedan 2, en Portugal no se consiguen los rollos y las he ahorrado para un momento especial.

En el camino, como dije, leí la crónica que habla de las casualidades, en cómo son el pseudónimo con que a veces Dios firma. Había en esa misma página una florcita que había agarrado en la plaza Altamira un día bellísimo y dejé caer ahí, por casualidios. Luego, con dos cámaras en mi bolso, leí una crónica que hablaba de cómo a él, a Lobo Antunes, no le gustaba que le tomaran fotos.
Fin de la expectativa Polaroid.

Llegué a El Corte Inglés como a las 3:30. Me tomé un cafecito para despabilarme y saqué el libro de Eugenio Montejo. Mejor escribirle alguna cosa, si no me atrevía a hablarle al menos tenía la esperanza de que eso se negara a callar, no se pusiera rojo y dijera lo que quería. Fue muy espontáneo, así que quedó lleno de palabras repetidas, en un portuñol dudoso, pero ni modo. Lo que más me gustó fue poner "Para Lobo Antunes":me pareció irreal. Luego agregué que era un regalo por haberme dado tantas historias, que son al final el mayor regalo. O el único. Y ahí pensé eso, que incluso cuando uno regala algo, regala también, o más que todo, la historia. Es decir, por ejemplo, una vez me regalaron un hamster. Ya no lo tengo, pero siempre tendré la historia de uno de mis regalos preferidos, de cómo luego le compré la pareja (a escondidas de mi mamá, en un plan secreto con mi hermano Jose) y cómo luego tuvieron hijos a escondidas de todos y cómo los hijos se escapaban por las rejillas e iban a parar a un hueco de la cocina dónde yo pasaba la noche esperando que se dignaran a salir para devolverlos a su casita enrejada. En fin, firmé y me metí al Corte Inglés. Vi dónde sería la firma de libros y me quedé haciendo nada entre un gentío de compradores navideños. Unas señoras probaban en sus barrigas el aparato ese que vibra y supuestamente adelgaza, otras oían cd´s para ver qué llevarían, otras se probaban lentes oscuros. Yo me puse en esas, poniéndome todo tipo de lentes Gucci a lo Paris Hilton. Cuando faltaban como 20 minutos fui al baño y ya luego me acerqué al lugar. Había un señor bigotón con dos hijos, luego se le sumó la esposa. Tenía tres libros de Lobo Antunes, ya el año pasado había conseguido la firma para el resto, según lo oí decir. Tiene todos los libros del autor, sólo le faltaba el que salió el año pasado, lo oí también decir. Luego, como si se tratara de cantantes pop hablaban de quien atraía más gente si Saramago o Lobo Antunes. Saramago ganó la contienda. Fue llegando más gente e hicimos una fila. Yo quedé de segunda y eso me llenó de nervios. ¿Era bueno o era malo quedar de segunda? ¿Me olvidaría más rápido después de ver a tanta gente? ¿Me atrevería con tan poco tiempo de preparación a pedirle tantas cosas? ¿Ponía la florecita que tenía mi libro de crónicas en el poema que más me gusta de Montejo, para que le prestara atención? No, eso no, me dije. Ésa florecita es mía, es un recuerdo mío. Señora de atrás, si quiere pase antes que yo. No, tranquila, me dijo. Sí, yo prefiero. ¿Por qué? me preguntó. Es que estoy como nerviosa. Pero laseñoradeatras no me hizo caso y se quedó en su sitio. Pasó el tiempo y el tiempo, y ya eran las 5 de la tarde. Encima de una mesa que estaba llena de libros del autor veo caer el cuerpo de una señora. Veo su cabeza, su pelo color anaranjado, sus ojos pintados de azul y por un segundo tuvo sentido que las viejitas se acostaran encima de las mesas de libros. Luego vi que no respiraba, que se movía extrañamente y que la hija gritaba auxilio. Pensé que se había muerto, tenía una expresión contraída en la cara, y del susto tuve que taparme la boca para no gritar. Una mujer médico la acostó en el suelo y la reanimó. Le dieron agua y azucar, una silla, y la premier con Lobo Antunes. Fue sólo un desmayo. Yo, que pensé que había visto a alguien morir, dejé de tener miedo sobre si el autor me recordaría o no, me pararía o no.

Llegó.
No era como las fotos que estaban a su espera. Estaba muchísimo más viejo, y más que viejo, acabado. Con un aire lento, pesado, una gran barriga, unas manos gordas donde la piel de alguna manera extraña colgaba y se hinchaba. Nos vio con un poco de pena, aquella fila de gente lo esperaba. Muchas cámaras se le acercaron, periodistas al parecer. Pasó entonces la viejita de la siesta sobre los libros, la señora que iba delante de mí y luego yo. Le di antes a un señor de El Corte Inglés mi cámara para que me tomara fotos cuando estuviera con el autor. Al llegar ahí noté que ni me veía, que no veía nada. El editor o manager o lo que fuera que estaba a su lado derecho hacía las veces de anfitrión y simpatía. Me preguntó el nombre y se lo dijo a Lobo Antunes, tratándolo como a un niño o a un viejo, y no lo es tanto para ese trato. Lobo Antunes aún no me veía y mientras me puse a hablar con el editor. Le dije que le había traído un regalo, un libro de un poeta venezolano. Entonces el anfitrión ése le dijo a Lobo Antunes "te trajo unos poemas venezolanos, quería regalarte algo" Él mientras firmaba mecánicamente y al ver el libro de crónicas dijo "pero éste no lo compró ahora" y yo le dije que no y el editor le dijo que no, que ya estaba leído, que mejor así. Luego le di el libro que me había terminado de tentar comprar: un libro de cartas que le enviaba el autor a su esposa cuando estaba en la guerra, en Angola. También lo abrió y firmó, viendo primero la página en que sale una foto de él con su mujer el día de la boda. Parece un actor de Hollywood en esa foto. Antes de la guerra, antes de todo, debe ser muy extraño verse así ahí y luego encontrarse con un espejo. Yo tomé la palabra, no iba a dejar que el editor hablara por mí. Dije, primero viendo al editor que era quien me veía, que yo le quería traer algo pues él me había regalado muchas historias. Ahí Lobo levantó la cabeza y me vio por fin, con esos ojos azulísimos. Como me ha regalado tantas historias, y yo sé que las historias son lo más importante que tenemos, yo quería traerle algo para agradecerle. Tenía este libro en casa que me gusta mucho, es de un poeta, es venezolano como yo. (imagino que ahí ya estaba roja) Agregué: un intercambio, pues. Palabras por palabras. Y me sonrió.
Lo vi salir de la máquina "tengo que estar aquí firmando porque sí" e interactuar por un segundo con el mundo a su espera. Me agradeció sonriendo y me hicieron salir pues era el turno de la Señoradeatrás. El señor de El Corte Inglés más o menos me lanzó la cámara y yo salí atarantada y perdida, sin terminar de entender la situación por lo que pasé a probarme más lentes oscuros. Luego de unos minutos no sabía si salir al frío e irme a casa, si pasar de nuevo a verlo, si ver mis fotos. Pagué primero el libro, bajé a ver los precios de algún café y volví a subir para irme. Pasé de nuevo, quizá no debí hacerlo porque me llevaba la sonrisa. Lo vi firmar aún con menos ánimo los demás libros. Se aguantaba la cabeza con una mano.
Solo brillaba su suéter verde manzana.


Ana Lucía De Bastos -(VIII)

4 comments:

Alfonzo said...

Las Polaroids no usan rollo.

El apéndice de Pablo said...

ah bueno, los cartuchitos esos que traen 10 hojas.

Alfonzo said...

qué, lo buscaste en Google?

de vida o muerte said...

y el silecio se hizo necedad... vacío, vacío...